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La aparición de Juana de Arco desató el entusiasmo en el pueblo: la desesperación de las gentes sencillas, sometidas a los espantosos desastres de la guerra, halló en el coraje y la fe inquebrantable de la muchacha un vehículo para recuperar la ilusión y canalizar los sentimientos contra los ingleses.
Carlos VII aprovechó muy bien el clima de exaltación suscitado por Juana; y se coronó Rey de Francia en Reims, el 19 de julio de 1429: fue el segundo gran triunfo de la Doncella de Orleáns. Tras ello, las conquistas militares de
Laon, Senlis y Soissons, hasta llegar a Saint-Denis, a las mismas puertas de París.
Las intrigas de la Corte, la imperiosa necesidad de dinero y la satisfacción con lo conquistado resultaron definitivos para que Carlos VII abandonase a Juana. Sin apoyos, en su afán de liberar París, fue capturada en 1430 cuando intentaba levantar el asedio de la ciudad de Compiegne.
Los borgoñones la vendieron a Inglaterra. Trasladada a Rouen, Juana fue sometida a un juicio vergonzoso, dominado por intereses políticos: se exigía una condena ejemplar. El tribunal títere (compuesto por profesores de la Universidad de París, presididos por Pierre Cauchon, obispo de Beauvais), desplegó sin misericordia alguna su implacable maquinaria de argumentación escolástica frente a la sincera y elemental fe de una muchacha casi analfabeta.
Acusada de hereje y bruja, Juana fue quemada viva en la plaza del mercado de Rouen el 30 de mayo de 1431, sin que Carlos VII hiciera absolutamente nada por impedirlo. Acabada la Guerra de los Cien Años, y convertida ya en una leyenda muy útil para los intereses políticos de la monarquía francesa, la memoria de Juana de Arco fue rehabilitada el 7 de julio de 1456 por una comisión pontificia. Siglos después, en pleno fervor patriótico tras la victoria sobre Alemania en la Primera Guerra Mundial, de nuevo se acudió en busca de las cenizas de Juana: fue proclamada santa el día16 de mayo de 1920.
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